El marketing de video es el uso planificado de contenido audiovisual para lograr objetivos de negocio medibles: dar a conocer una marca, explicar un producto, generar leads, cerrar ventas o fidelizar clientes. Se diferencia de simplemente hacer videos en que cada pieza tiene una audiencia, una función en el embudo y una métrica de éxito definidas antes de producir.
Cada etapa del recorrido del cliente pide un tipo de video distinto:
El error más común es producir solo la parte alta del embudo y quedarse sin piezas justo donde se decide la compra.
Tres rasgos separan el marketing de video profesional del contenido improvisado. Primero, distribución planificada: el video se concibe para canales concretos, con formatos 16:9, 9:16 y 1:1 y subtítulos, porque el mejor video del mundo no rinde en el formato equivocado. Segundo, medición de negocio: tiempo de visualización, clics y leads atribuidos, no solo vistas. Tercero, consistencia: un calendario sostenido supera siempre a la pieza aislada, por brillante que sea.
Empieza por el punto del embudo donde pierdes más dinero: si nadie te conoce, contenido de alcance; si te conocen pero no entienden tu oferta, un explicativo; si entienden pero no confían, testimoniales. Con esa prioridad clara, una sola producción bien planificada puede generar la pieza principal más una serie de derivados para semanas. En Viven trabajamos así con marcas desde pymes suizas hasta clientes como Porsche u ON, con proyectos típicamente entre CHF 4.000 y 80.000.
Los cuatro más frecuentes: producir la pieza y pensar la distribución después, cuando debería ser al revés; medir vistas en lugar de métricas de negocio; apostar todo a un solo video espectacular en vez de construir un sistema de contenidos sostenido; e ignorar los formatos verticales, donde hoy ocurre gran parte del consumo. El marketing de video rinde cuando se gestiona como un canal permanente con presupuesto y calendario propios, no como una compra puntual de producción.
Viven — Showreel
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